JUAN JOSÉ ARREOLA Y EL EXTRAÑAMIENTO DE LO COTIDIANO

August 12, 2019

 

 

Existe un personaje fisgón, que usa un fez rojizo, y se sienta en la banca del parque a observar las conversaciones de las parejas enamoradas y a estudiar el movimiento de las palomas. Ese es Juan José Arreola, quien como un cazador, intenta capturar un par de mariposas que se esconden tras las palabras. No es baladí su empresa, pues busca lo fantástico que se esconde tras los pasos de los transeúntes, sus conversaciones insulsas y las fachadas de adobe y cal.  Cualquiera sospecharía del tipo de la fez, pero su sonrisa traviesa, no puede más que generarnos empatía. Allí, con su libreta, y traje estrafalario, por un instante, se siente por fuera de una cotidianidad que le es ajena, como un niño que visita un zoológico y se maravilla ante la presencia de un imponente elefante. Y logra resignificar, esa experiencia, con animales, símbolos y juegos de palabras.
 

Ya en confabulario Arreola intenta desplegar un poco ese conocimiento que tiene sobre la fauna que habita en las urbes. Hay un devenir animal constante en cada uno de los cuentos, donde lo humano se diluye en la irracionalidad de las conductas, miedos y pasiones de sus personajes. En el cuento El Rinoceronte Arreola nos muestra un personaje, el juez Joshua Mcbride, un hombre glotón, de fuerte carácter y egoísta. El narrador homodiegético, su ex exposa, nos habla de sus actitudes dominantes y misóginas. Pero conoce una mujer, llamada Pamela que logra dominar al rinoceronte y lo somete a sus designios, llegando a cambiar su dieta cargada de calorías por enormes ensaladas. Solo al final se revela la tragedia cotidiana en la que se enmarca el acto de dominación.
 

Esto es lo que me cuenta. Me place imaginarlos solos, cenando en la mesa angosta y larga, bajo la luz fría de los candelabros. Vigilado por la sabia Pamela, Joshua el glotón absorbe colérico sus livianos manjares. Pero sobre todo, me gusta imaginar al rinoceronte en pantuflas, con el gran cuerpo informe bajo la bata, llamando en altas horas de la noche, tímido y persistente, ante una puerta obstinada.
 

La picardía del final, es una imagen muy bien construida, que juega más con lo implícito, con lo que se esconde tras la puerta: el premio (y el castigo) del rinoceronte, el deseo que activa sus pensamientos y que encadena su ira. Lo real se nos aparece en esta imagen como algo ajeno, extraño, que nos maravilla, que retoma el asombro primigenio, que es capaz de retratar la pluma de Arreola con gran lucidez. Activa una percepción sonora de lo animal que procede desde tiempos lejanos y que habita en nosotros.
 

Esa recreación del extrañamiento de lo real aparece con más fuerza e ímpetu en el cuento la migala, tal vez uno de los mejores cuentos escritos en habla castellana, donde Arreola despliega un juego de símbolos, con elementos del terror y el suspenso, y alusiones que le exigen al lector una lectura atenta. La migala es la representación de un devenir animal que trae la ausencia. Esa irrupción de la migala, descrita como “la muerte aplazada” y a la que se le asignan las características de una araña, es la forma en que el protagonista visualiza la manifestación de la ausencia de su amada Beatriz. Esta presencia sólo se revela en el desenlace sorpresivo:
 

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.
 

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.
 

La ausencia aparece aquí como algo inenarrable, inquietante, que sólo se puede mostrar mediante el devenir animal. El estado del protagonista es de total incertidumbre e inquietud. Las certezas desaparecen y lo único real es la migala, que se desplaza por las paredes y se alimenta vorazmente. Si el Rinoceronte correspondía con un animal cómico, la migala es un animal terrorífico, que se alimenta de nuestros miedos, de nuestros recuerdos dolorosos. La añoranza de ese otro que ha partido es en sí, una historia de suspenso y terror, la manifestación de un acto cotidiano, que puede convertirse en la peor de las criaturas, en una abominación que alimentamos con la quietud y la evocación constante. Y, quizás, con el tiempo, trae una muerte, que no necesariamente es física, sino mental y espiritual, la muerte en la que mueren los sueños y no se añora ya nada más que el silencio y las ruinas.

 

 

 


 

Está claro que Arreola es un maestro de los finales. Su mismo libro parece constituirse como un circo de criaturas y actos increíbles. Y, como en un circo, siempre lo mejor llega al final, y es precisamente el final el que resignifica el texto y posibilita su relectura en otra clave narrativa. Por ejemplo, en otro cuento, la mujer amaestrada, Arreola nos habla de una mujer que es exhibida por un saltimbanqui y un enano con un tambor como si fuera una bestia amaestrada, que hace trucos y gracias. Inevitablemente en un primer momento Arreola hace que el lector se indigne ante el maltrato, pero con el transcurso del cuento descubrimos otra realidad, incluso cierta complicidad entre el saltimbanqui y la mujer. El final nos revela otra posible lectura del acontecimiento, nos encontramos ante la irrupción de lo sagrado (y cierto erotismo muy sutil).

 

Resuelto a desmentir ante todos mis ideas de compasión y de crítica, buscando en vano con los ojos la venia del saltimbanqui, y antes de que otro arrepentido me tomara la delantera, salté por encima de la línea de tiza al círculo de contorsiones y cabriolas.
 

Azuzado por su padre, el enano del tamboril dio rienda suelta a su instrumento, en un crescendo de percusiones increíbles. Alentada por tan espontánea compañía, la mujer se superó a sí misma y obtuvo un éxito estruendoso. Yo acompasé mi ritmo con el suyo y no perdí pie ni pisada de aquel improvisado movimiento perpetuo, hasta que el niño dejó de tocar.
 

Como actitud final, nada me pareció más adecuado que caer bruscamente de rodillas.

 

El narrador y observador se ve obligado, sin darse cuenta, a ser parte del ritual.  La sutileza está en ocultar el transfondo de lo que pasa bajo la mirada de los espectadores. Sospechamos que hay una danza, o incluso algo que va más allá, y no comprendemos (y el mismo narrador no termina de comprender). Arreola nos trasmite ese extrañamiento, no oculta información a propósito, más bien parece que el narrador no encuentra las palabras adecuadas para narrar. Y esa imposibilidad fortalece nuestra propia incapacidad de aprehender lo real. El saltimbanqui salta entre el terreno de lo onírico y la niebla cotidiana. La mujer es lo inalcanzable, lo sagrado, una metáfora, en cierto modo, de lo sagrado, del sacrificio. Como aquel mesías que sacrifica su cuerpo por salvarnos. O aquellos carneros que, sacrificados, eran ofrendados a deidades paganas.
 

Así llegamos a otro cuento esencial de la obra de Arreola, El Guardagujas, un cuento que mantiene el aura de extrañamiento, pero que nuevamente recurre a elementos cotidianos que, de repente, aparecen ante nosotros como un enigma. El cuento que, es quizás uno de los que tiene más múltiples interpretaciones, es la historia de un forastero que llega a una estación, con el funcionamiento de un sistema ferroviario caótico, que busca abordar un tren que no llega y que puede llevar a cualquier lugar. Todos abordamos metros o trenes en nuestro traslado diario a nuestro trabajo o cuando viajamos de vacaciones. Es parte del día a día y del lugar que los avances tecnológicos en las máquinas han permitido para transportarnos. Su organización obedece a un sistema racional, en el que el tiempo y los horarios es fundamental. Pero, ¿qué pasaría si este sistema colapsa? ¿qué pasaría si simplemente los trenes fueran de aquí a allá dirigiendo sus propios trayectos?
 

En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
 

-¡Santo Dios!

-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
 

La aceptación del forastero de todo lo que se le dice, el no cuestionamiento del discurso del viejo guardagujas, lleva a que el lector perciba que el relato va a transitar definitivamente por otro terreno y acepte la posibilidad del absurdo. También lo vincula, inevitablemente, con una llamativa aplicación intertextual de la literatura kafkiana. Un lector incauto puede pensar que el transfondo del cuento es simplemente una crítica al sistema ferroviario mexicano, ciertamente caótico, de la época de Arreola. Pero la crítica va más allá: el sistema ferroviario es una metáfora de la vida misma, en su caótico devenir, con sorpresas que son inesperadas y que no pueden ser controladas por el hombre. No importa el rumbo que queramos darle a nuestros trayectos en el tiempo y el espacio, no podemos prevenir los imprevistos, ni evitar desvíos y, en algunas ocasiones, caídas en el abismo. La aceleración, producto del capitalismo salvaje y el excesivo mercantilismo, fortalece esta incertidumbre y la sensación de no tener el control sobre nuestros pasos, insertos en estructuras económicas y sociales que no podemos del todo percibir. El guardagujas es, claramente, una visión del adivino, del Tiresias mexicano, de las consecuencias de la posmodernidad en los ritmos cotidianos de las personas.
 

La fantasía de Arreola entonces es más que simplemente la enunciación de una serie de criaturas y personajes que juegan con lo maravilloso y lo absurdo, sino también una exposición de la particular percepción de la sociedad de su época, y de nociones importantes como la ausencia, el eterno femenino, el capitalismo salvaje y mercantilista, el erotismo, las luchas de poder, entre otras. La ficción adquiere aquí un estatuto de verdad al resignificar, a partir de la narrativa, nuestra propia lectura de la realidad, nuestro entorno y ese otro que se nos hace tan ajeno y extraño. Es precisamente ese extrañamiento el que aprovecha a Arreola para revelarnos las maravillas de la cotidianidad y las posibilidades de la ficción para participar en el juego. Lo fantástico invade la realidad y nos muestra las alas, las bestias, los pájaros, los circos, los elefantes, los rinocerontes, las migalas, que deambulan por nuestras calles y que están más cerca de nosotros de lo que pensamos.

 

 

 


 

 

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Colectivo Nuevas Voces

Medellín-Colombia
 

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